sábado, 12 de noviembre de 2011

El 15 de noviembre de 1922

"En la agitación popular había intervenido también la fracción de la oligarquía antigobiernista vinculada a la actividad bancaria y enemiga del Banco Agrícola y Comercial. Enrique Baquerizo Moreno, Carlos Puig, José Vicente Trujillo, entre otros, manipularon la insurrección al incluir en los postulados de ésta la intervención del Gobierno en la venta de documentos financieros del exterior (incautación de giros) y en la baja del dólar. El 15 de noviembre la Policía y el Ejército reprimieron brutalmente una manifestación popular. El cálculo del número de muertos varía. Según el diario El Telégrafo del 17 de noviembre, hubo nueve muertos y 76 heridos; según el anarquista Alejo Capelo, que da los nombres, fueron 13 las mujeres y 76 los hombres muertos, y 161 los heridos; luego Capelo subió la cifra a 900 víctimas; después se ha hablado, ligeramente, de millares. Veinticuatro años más tarde, Joaquín Gallegos Lara novelaría la matanza de noviembre en Las cruces sobre el agua. Un zambo cargador dice a Alfonso Cortés, uno de los protagonistas de la novela: "Como eran bastantísimos (los muertos), a muchos los tiraron a la ría por aquí, abriéndoles la barriga con bayoneta, a que no rebalsaran "(Simón Espinosa, 2006).



"Una protesta que derivó en una masacre de obreros, causó conmoción en el Guayaquil de 1922. Los cadáveres de muchos huelguistas fueron lanzados al río Guayas. La señal de los cristianos sobre las aguas se convirtió en un tributo a los caídos.

La noche del 13 de noviembre encontró a Guayaquil a oscuras. El único alumbrado era el de los reflectores de varios buques en el río Guayas. Había paro en la Planta Eléctrica y en la de Gas. La Asamblea General de Trabajadores de Guayaquil, que incluía a tipógrafos y voceadores, había decidido que los periódicos salgan por última vez el amanecer siguiente.

Tampoco trabajaron los conductores de carros urbanos, los del ferrocarril, las fábricas, piladoras, la cervecería, la jabonería y los aserríos del sur de esta ciudad que, en ese año (1922), tenía un aroma a agua dulce. Todos plegaron en paro, entusiasmados por la victoria conseguida por la protesta de los obreros ferroviarios, en el mes anterior. (...)Al escenario histórico de aquel convulsionado momento social concurrían varios elementos económicos y políticos: el precio del cacao, principal producto de exportación, cayó de 26 a 9 centavos en dos años. Además, los trabajadores ecuatorianos alcanzaron protagonismo tras el establecimiento de ciertas empresas, y el pensamiento socialista influyó en Latinoamérica tras la Revolución Rusa de 1917. (...)Al amanecer del 15, una marcha compuesta por cerca de treinta mil personas acudió a la Gobernación. Se vencía el plazo y el presidente Tamayo, mediante decreto, dictó medidas económicas pero nada dijo sobre la situación de los obreros. Aun así, los dirigentes del paro concedieron 24 horas más.

Las masas habían fijado su objetivo en mejorar el trato que recibían en sus trabajos. Avanzaron hasta la clínica Guayaquil, ubicada entonces en Pedro Carbo y Clemente Ballén, en busca de Pareja.

"La gente avanzó hasta la Policía –relata Jorge Ponguillo– para sacar a esos compañeros, pero los milicos que habían llegado desde antes empezaron con el fuego, porque se asustaron al observar tanta gente a su alrededor". En esta parte de la historia, la mirada de Jorge parece la de un observador distante. Calla y dice: "¡Cómo en pocos minutos las cosas se pusieron tan mal!".

Aproximadamente a las dos de la tarde, los miembros de la Policía, apostados en la avenida Olmedo –desde Eloy Alfaro hasta Chimborazo– empezaron a disparar a la turba. El batallón Vencedores se colocó en guerrillas desde su cuartel situado en Pedro Moncayo y 9 de Octubre, hasta Chanduy (hoy García Avilés). Los soldados, desde el edificio de la Zona Militar y tras los puntales de las casas, buscaban a los de la revuelta. En Nueve de Octubre entre Chimborazo y Chanduy enfrentaban a los civiles.

El batallón Marañón se encontraba entre los manifestantes en Pedro Carbo y Clemente Ballén. Avanzaba hasta la avenida Olmedo, junto a los obreros. Cada soldado estaba rodeado por 20 o 30 personas. La situación se les iba de las manos. Dispararon.



Las primeras víctimas fueron los huelguistas que se distinguían por su ropa de trabajo, las obreras con banderas rojas del comité femenino Rosa Luxemburgo. Cientos de personas corrieron a la calle Pichincha para saquear almacenes de armas.

"Un grupo de 25 hombres entró al almacén Casinelli Hermanos, pero un destacamento del Cazadores de los Ríos, los cercó y los fusiló. 51 disparos, 25 asesinados. Esos cadáveres fueron lanzados al agua de la ría Guayas por el muro del Malecón y Mejía", describe Alejo Capelo en su obra.

El fuego apagó la rebelión popular. Por Guayaquil corría sangre de panaderos, empleadas, vagoneros, cocineras, lavanderas, carpinteros, estibadores y vaporinos. También murieron ancianos y niños. La prensa registró los nombres de 80 hombres y 14 mujeres asesinados. Se sumaron a ellos los de los almacenes y los recogidos en la calle sin identificar, que fueron lanzados a la ría o al zanjón del cementerio general. Hubo casi 200 heridos. Los disparos que acabaron con la manifestación llenaron el centro de la ciudad por más de una hora.

En días posteriores, la censura popular fue reseñada en notas como ésta, del periódico El Guante: "Esther Blavina Rivera fue sacada de los brazos de la Cruz Roja, cuando la llevaban a la morgue. Varias personas que la conocían introdujeron su cuerpo en una covacha de Córdova 410, donde habitaba, para velarla. El día siguiente, una procesión fúnebre llevó el cadáver al cementerio y, al pasar por la Jefatura de Zona, se detuvo para lanzar frases injuriosas". Era cocinera. Cayó herida en la cabeza y en el corazón en Nueve de Octubre y Boyacá. Tenía 21 años y llevaba el tricolor en la manifestación.



Tras el caos, el general Enrique Barriga, jefe de Zona, reconoció públicamente: "Soy yo el responsable de estos terribles sucesos", según el libro de Alejo Capelo. (...)Tiempo después, sobre el río Guayas flotaban cruces. Nadie sabe quién puso esas primeras "cruces altas, de palo pintado de alquitrán, ceñidas por esas moradas flores del cerro", como las describió Gallegos Lara en su obra. Para él, quienes no pudieron homenajear a los caídos en la revuelta de 1922 en una tumba, lo hicieron sobre el río Guayas, de esa manera" (Alina Manrique; 2004).

- Ahí debajo de donde están las cruces, hay fondeados cientos de cristianos, de una mortandad que hicieron hace años. [...] a muchos los tiraron a la ría por aquí, abriéndoles la barriga con bayoneta, a que no rebalsaran. [...]
J. Gallegos Lara, Las cruces sobre el agua, 1946

 “Las cruces sobre el agua”: testimonio dramático del suburbio
por Alfonso Murriagui

Esta gesta heroica fue recogida por Joaquín Gallegos Lara, escritor militante guayaquileño, quien la utilizó como argumento para crear esa gran novela titulada “Las cruces sobre el agua”. Uno de los testimonios más dramáticos de este hecho.

El l5 de Noviembre es una fecha labrada indeleblemente en la memoria de la clase obrera, es decir, de los trabajadores ecuatorianos organizados y presentes, desde entonces, en la lucha contra la explotación y la miseria. En esa fecha, hace 82 años, en 1922, se produjo la primera gran huelga general contra los explotadores y el primer baño de sangre con que nacieron a la historia los movimientos sociales en el Ecuador.

Esta gesta heroica fue recogida por Joaquín Gallegos Lara, escritor militante guayaquileño, quien la utilizó como argumento para crear esa gran novela titulada “Las cruces sobre el agua”, uno de los testimonios más dramáticos y fehacientes del estado de explotación y miseria en que vivían los trabajadores ecuatorianos en la década de los años 20 del siglo anterior, en el suburbio guayaquileño, en donde se hacinaban los montubios y campesinos costeños, sobre cuyas espaldas, los banqueros y los comerciantes del puerto, construyeron sus incalculables fortunas.

La novela “LAS CRUCES SOBRE EL AGUA”, sin duda alguna, fue escrita como un testimonio de la masacre del 15 de Noviembre y así lo confirman las fechas que cita el autor, que van entre 1920 y 1922; para entonces Gallegos Lara debía tener 10 o 12 años y, por lo tanto, debió haber sido testigo, de alguna manera, de ese episodio trágico de nuestra historia. Sin embargo, la primera edición de su novela aparece en Guayaquil recién en l946, publicada por la Editorial Senefelder C.A. Limitada, con portada del pintor y escultor guayaquileño Alfredo Palacio y 7 grabados de Eduardo Borja Illescas.

La tragedia que le tocó vivir en carne propia, contribuyó para que Gallegos Lara afinara su sensibilidad y desarrollara un especial sentido de observación y de solidaridad con la tragedia humana, ya que nació inválido, con muñones insignificantes en vez de piernas, y para movilizarse tenía que desplazarse cargado por otro hombre, sobre sus espaldas, hecho que no impidió que participara en las luchas populares y en la organización de sindicatos y células del partido comunista, del cual fue miembro fundador.
Gallegos Lara fue el inspirador del “Grupo de Guayaquil”, que con su libro “Los que se van”, junto a Demetrio Aguilera Malta y Enrique Gil Gilbert, son los iniciadores de la transformación de la literatura nacional de los años 30, pues no solo que incluyen “la mala palabra” y el lenguaje popular en la narrativa nacional, sino que son los pioneros del realismo social en nuestra literatura. Gallegos Lara, el “Joaco” con un claro conocimiento del marxismo y sus grandes cualidades de narrador, manejaba con perfección la estructura de sus narraciones y se convirtió en uno de los más grandes exponentes del realismo social en el Ecuador y en el gran promotor del Grupo de Guayaquil, (‘los cinco como un puño’: Gallegos, José de la Cuadra, Demetrio Aguilera, Enrique Gil Gilbert y Alfredo Pareja).

En “Las cruces sobre el agua”, Gallegos Lara demuestra un profundo conocimiento de las costumbres, los problemas, las frustraciones y los anhelos de los habitantes del suburbio guayaquileño, conocimiento que se va planteando en el desenvolverse de la novela, sin utilizar los trucos del maniqueísmo ni del lenguaje panfletario; veamos un ejemplo: “Alguna vez Antonio le había dicho que solo encontraría su propia alma y su propia música en su pueblo. Vaga la idea se la quedó. Era ahora, en el balcón de la ‘Tomás Briones’, que de verdad la comprendía. Unicamente el pueblo es fecundo. Su gente se alzaba y él ascendía en su marea. Hallaba en sí mismo las raíces que, como con su madre, lo unían con su tierra”.
Gran narrador realista, casi fotográfico pero al mismo
tiempo, poético y trágicamente tierno, así describe el tugurio del suburbio: “Llovía ya, y el viento se lanzó a patear la puerta. El techo era de zinc y crepitó como apedreado. Rosa, contrayendo el vientre, separó el catre, empujándole con ambas manos. ¿A qué horas se acababa la kerosina del candil? Era inútil mover el catre. El techo era un cedazo. Habían goteras para la mesa, para el baúl, para mojar al enfermo, para los huesos de los dos. Cirilo tosía y temblaba. 

El estrépito del zinc se hacía infernal. Tocar el piso era flotar. Las cañas filtraban filos de vidrios rotos en el aire...”; o este retrato tiernamente humano y maternal de Alfredo Baldeón, niño del suburbio: “Y Trinidad puso la mano en la cabeza erguida de su pequeño zambo, de mirada viva y pies descalzos, reidor, con la camisa fuera del pantalón de sempiterno largo al tobillo, y en la muñeca un jebe. A Alfredo el patio le olía a tierra húmeda y la mano de su madre a jabón prieto”.

La magnitud del levantamiento popular del l5 de noviembre de l922, se puede apreciar en toda su magnitud, leyendo este pequeño párrafo: “Era demasiada gente. Nunca se había lanzado tanta de golpe a las calles. Gallinazo suponía que era todo Guayaquil, menos los ricos. Iban tan apretados que no se diferenciaban los zarrapastrosos pantalones, las camisas mojadas de sudor, las oscuras bocas con los dientes bañados de sol y risa. Las mujeres, recogiéndose las faldas, empujaban con los puños, buscando sitio en las primeras filas; los pilluelos, ágiles como ratones de pulpería, brillosa la piel morena, se cruzaban entre las piernas, blandiendo palos, azuzando. De repente, adelante, sostenida por muchas manos, sobre las cabezas que se levantaban a mirarla, se irguió un asta de caña y flotó una bandera, una bandera roja”.

Sin duda, Joaquín Gallegos Lara fue el más claro y el más profundo de los tres escritores que formaron parte del libro “Los que se van”, con Enrique Gil Gilbert y Demetrio Aguilera Malta; en los ocho cuentos con que él aporta al volumen, se puede admirar la solidez de sus conocimientos sobre la realidad del pueblo ecuatoriano, tanto de la sierra como de la costa y no solo en la ciudad sino en el campo, como lo demuestran sus cuentos “El guaraguao” y “La última erranza”. “Las cruces sobre el agua” es todo lo que se ha afirmado en los párrafos anteriores; pero, sobre todo, es una valiente y patética denuncia sobre la brutal represión ejercida contra el pueblo de Guayaquil: obreros, artesanos, empleados, que fueron asesinados cobardemente por la soldadesca envilecida “que cumplía órdenes superiores”. Las víctimas de la masacre, varios centenares, fueron lanzadas al Río Guayas, para ocultar las evidencias. 

Desde entonces, las gentes humildes del pueblo guayaquileño, cuando llega el l5 de Noviembre, lanzan sobre la Ría unas cruces negras iluminadas con velas, demostrando que aún está viva su solidaridad y su protesta.


El relato conmovedor de la masacre por José Alejo Capelo.
"LAS TRES DE LA TARDE:
 
Ya el bellaco dueño de la panadería situada en las inmediaciones de la Policía, un tal Chambers Jiménez, que había forzado sus trabajadores a la labor de hacer pan para la gendarmería, sin respetar PARO decretado por la GRAN ASAMBLEA, había pedido auxilia a la Policía, que inmediatamente acudió armada, al mano de un torpe oficial de apellido Medina, que haciendo gala de salvaje valentía, provocó al pueblo, agrediéndole y apresando a varios ciudadanos. En este grupo de obreros, castigados por la brutalidad del oficial Medina, tenía la intensión de llegar hasta la Gobernación a quejarse de tal proceder, y a pedirle también ordenara la libertad de sus compañeros que habían sido reducidos a prisión. Pero al llegar a la avenida Olmedo, tropezaron con una numerosa formación de trabajadores estibadores que con su bandera la cabeza estaban siendo hostilizados por los gendarmes allí estacionados. En eso, apareció nuevamente el rabioso oficial Medina al frente de un recio piquete de policías y, con la espada en alto, ordenó que hicieran fuego y despedazaran la bandera, lo que ocasiono, como era natural, muchos heridos, y el desarrollo de una general confusión en el sector central de la ciudad. (…)
 
Había llegado, pues, el más dramático instante de aquella jornada sangrienta. Inmediatamente, el ruido de la fusilería se dejaba oír intensamente por toda la ciudad.
Piquetes de solados tendidos en las esquinas y tras los estanques de los edificios mataban hombres, mujeres y niños, en una espantosa carnicería. Muchos corrían despavoridos buscando algún salvados refugio y solo encontraban la impedida sañuda de la tropa. (…)
 
La multitud, que se había congregado frente a la Clínica Guayaquil y sus alrededores, creyendo alejarse del alcance del fuego que los asediaba, emprendieron rumbo norte de la ciudad; pero se encontraron con que en el Boulevard NUEVE DE OCTUBRE la cacería humana era más cruel, más salvaje. (…)
En las calles, en los portales, tras cualquier cosa, querían encontrar refugio los hombres del pueblo; mas, en esos momentos, les era imposible encontrar donde ocultarse; a la vuelta de cualquier esquina estaban los chacales que mataban y mataban con inaudita cobardía. (…)
 
En esos álgidos momentos, en que la multitud, acosada por todas partes, sin encontrar sitio alguno donde salvar sus vidas; cuando la impotencia, la desesperación y el propio instinto genésico se rebeló en esos grupos populares; allí resolvieron armarse a toda costa, destrozando para ello las puertas de los almacenes cuyo negocio era la preferencia, la venta de armas de fuego de toda especie. He aquí l cusa de tal resolución: buscar con que defenderse; hacerle frente a la soldadesca que en una embriaguez caníbales disparaban contra ellos que no tenían ni siquiera un simple garrote. 

Muchos de aquellos que consumaron esta desdicha aventura, agarraron las armas que encontraron más a mano: revólveres, escopetas, carabinas, etc.; pero no lograron obtener las cápsulas necesarias para el arma que quería utilizar. Esto los perdió; pues, con ellos fueron más crueles e inhumanos de alma primitiva. (…) Un Teniente de Apellido Navas se hizo presente intempestivamente gritando: ¡Manos arriba! Y paralizó a todos los que allí estaban destruyendo cuanto tenían al alcance de sus manos, procedió luego a amarrarlos como un racimo humano y conducirlos a los calabozos de la Pesquisa, sin herir ni maltratar a ninguno. Y en las inmediaciones de la calle Panamá, un oficial del MARAÑON apresó a dos individuos que querían escapar de ser asesinados, resultado que uno de ellos era serano y el otro costeño. Al uno, al costeño, le corrió a balazos; al otro, al serrano lo reprendió diciéndole: “me admira que usted siendo serrano se meta en estas cosas”.
 
Cuando algunos de los que propiamente como malvados, hurtaron objetos más o menos de valor en los almacenes amagados por las turbas, se creían salvados de todo peligro eran sorprendidos por pelotones de pesquisa, policías, bomberos, etc., que, con derecho o sin él hicieron gran acopio de mercadería, cuyo paradero lo ignoraron las autoridades, no así la opinión pública.
 
A las seis de la tarde del mismo día, después de tres largas horas que duró es cobarde y horrible carnicería, la soldadesca se alineó sobre el Boulevard Nueve de Octubre hacia el norte, por la calle, Pedro Carbo, sonriente y satisfecha de haber cumplido su deber; deber perverso, cruel e inhumano, que dejó algo más de OCHOCIENTOS muertos entre los cuales estaban cerca de DOSCIENTAS mujeres del pueblo.
 
Luego iniciaron la marcha, desfilado a lo largo del Boulevard cantando himnos de guerra, a cuyo eco se asomaron miles de rostros y manos blancas que, con gran alegría saludaba su paso triunfal con hurras y aplausos desbordantes, mientras, allí en las calles sombrías, en los portales y en las ensangrentadas esquinas de la urbe, la multitud de cadáveres los ayees y la agonía de tantas víctimas inocentes; ponían un contraste aterrador a ese instante en que la magnitud de la tragedia paralizaba, al parecer el ardoroso palpitar del Mundo, y que, aun el hombre, el hombre universal que sobrevivía y protagonizaba esa hora tenebrosa, había perdido su destino y el contenido mismo de su cristiana y lardeada racionalidad.
 
Más tarde, la fuerza pública se dedicó a recoger los cadáveres, en grandes carretonadas para arrojarlos en lugares desconocidos hasta hoy. Muchos hogares humildes fueron allanados en latas horas de la noche con el objeto de arrebatarles sus muertos, privando así a los deudos del último consuelo de darle sepultura sus seres queridos y de saber siquiera el lugar en que duerman su último sueño.
 
La crueldad llegó al extremo de impedir al pueblo recoger los cadáveres y los heridos a la calle: hacían fuego contra los que se propusieron con ese misericordioso acto de humanidad y compañerismo, cumplir una misión sagrada y dignificadora. Las clínicas particulares, la Guayaquil, especialmente, y los hospitales, se llenaron de heridos, muchos de los cuales morían después de haber sido operados, de modo que las víctimas no fueron solamente las que murieron el 15, sino las que morían hasta un mes después. Contando estas, las cifras de bajas ascendieron a algo más de NOVECIENTOS.
 
Al amanecer del siguiente día, el cementerio había sido clausurado. Fuertes destacamento impedían que la muchedumbre se acercase en busca de sus deudos, a encontrar en alguna parte el despojos de tantos hombres, mujeres yniños que les fueron arrebatados por la soldadesca ignara. Solo supieron que desde las cinco de la tarde del aciago día quince, varias cuadrillas de hombres desconocidos se ocuparon en cavar una gran zanja o una fosa donde hasta la madrugada del dieciséis arrojaban centenares de muertos de aquellos que recogieron en las calles y sacados a la fuerza de sus propios hogares. Esta FOSA IGNOTA no ha podido ser encontrada hasta hoy. Allí duermen el sueño eterno, en promiscuidad vergonzosa, todos los héroes que rindieron la jornada de su vida en la memorable tarde del 15 Noviembre de 1922." CAPELO C, José A. El 15 de Noviembre de 1922. Op. Ct. Pág. 33-36.



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